Homilía del Señor Obispo Don Guillermo Ortiz Mondragón

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO julio 29 de 2018.

Verde

2Re 4, 42-44; Sal 144; Ef 4, 1-6; Jn 6,1-15.

En nuestra buena intención religiosa de buscar a Dios, con frecuencia nos detenemos en lo que es bien personal, individual, y no vemos más allá. Mucho recibimos con frecuencia y poco volteamos a ver al necesitado.

Después de que Jesús realiza muchas curaciones, la gente lo sigue; algunos se dan cuenta de lo que dice y hace, muchos no. Así nos lo muestra el relato de la multiplicación de los panes.

Lo primero que nos enseña Jesús es la atención a los que pueden tener hambre y sed de Dios. Luego involucra a los discípulos, los cercanos, motivándoles a reflexionar sobre la realidad de las personas hambrientas.

Los recursos se comparten: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”, poca cosa para tanta gente. Sin embargo Jesús actúa al ponerse en las manos del Padre y orar bendiciendo el alimento que se multiplica.

¿Qué sucede en realidad? Que Jesús, después de sanar lleva a la conversión para la vida de comunión por la Eucaristía. No es sólo un rito, una Memorial que se da en un momento, es un detalle que marca la vida del discípulo misionero.

El Espíritu Santo nos señala un camino: “Sean siempre humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense mutuamente con amor; esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz”.

Nos preocupa estar sin pecado para comulgar; esa misma preocupación hemos de tener después de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, de vivir la caridad y no quedarnos en nuestro egoísmo, mentira, injusticia, corrupción.

Del bautismo y la penitencia, pasemos por el don del Espíritu a la comunión que brota de la Eucaristía para la transformación de nuestra sociedad desde la familia, escuela, cada ambiente social hasta a construir la justicia y la paz.

 

 

 

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