Homilía del señor Obispo Don Guillermo Ortiz Mondragón

XX SEMANA ORDINARIO miércoles 22 de agosto de 2018.
Nuestra Señora María Reina
Ez 34, 1-11; Sal 22; Mt 20, 1-16.
Nos queda claro que los trabajadores son contratados a diversas horas del día,
y que algunos sí esperaban ser contratados y otros tal vez ya habían perdido la
esperanza, como los de la última hora.
Y miramos también hacia al dueño de la viña y a la viña misma. Ambos son
espléndidos. El dueño está dispuesto a dar trabajo a los más posibles, porque
su viña es grande, y sea que se esté sembrando o cosechando, hay mucho
quehacer.
El viñador no va en contra de la ley, va más allá de la ley buscando una
justicia nueva, no sólo dar a cada uno lo que merece sino lo que necesita, o
aún mejor, lo que permite al dueño ser generoso, bueno.
Jesús, al llamarnos, nos pide que dejemos todo para seguirlo. Porque Él sabe
que el trabajo en su Viña nunca se acaba, es constante, abundante. Y el fruto
que recoge de ella es de gran calidad, le proporciona bienes para repartir.
Entrar a trabajar en la viña del Señor es ya participar de su vida, de su riqueza;
eso es extraño, aunque hay una ley que señala el reparto de utilidades, ninguno
ha llegado a esa generosidad. Por eso nos parece lejano, imposible.
Dios nos muestra hasta dónde llega su interés por nosotros. Tomando la figura
del Pastor, reclama la irresponsabilidad de otros pastores, su negligencia y
avaricia. Por eso Él mismo se ofrece como nuestro Pastor.
Hay un paralelismo entre el rebaño y la viña. El cuidado por el rebaño
significa vida, igual con la viña. Viña y rebaño son la humanidad que Dios
ama, cuida, que sea atendida de lo mejor.
María nuestra Madre, unida a Su Hijo, Reina con ternura y compasión. Ella
nos guíe en el trabajo de la viña, el cuidado del rebaño.

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